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El panperonismo. Breves coordinadas de la unidad sin renovación


22 de febrero de 2018

Por Alberto Lettieri

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La crisis del Frente Para la Victoria reconoce sus orígenes en la crisis del campo, en 2009, punto de partida para una serie de pésimos resultados electorales –2009, 2013, 2015 y 2017, excepción hecha de la contienda de 2011, en un contexto sobredeterminado por el reciente fallecimiento de Néstor Kirchner-, y la aceleración de un proceso de recambio y fragmentación interna que incluyó, de manera sintética, el desplazamiento del peronismo por otros espacios enrolados en una tradición claramente anti-peronista (los radicales k, el PC, Nuevo Encuentro, Carta Abierta, etc.), el surgimiento de nuevos espacios políticos que reclamaron su pertenencia al viejo tronco del peronismo y la exclusión del fundador del movimiento del “relato” y de la liturgia presidencial. Sumado a ello, el destrato propinado a gobernadores, intendentes y agrupaciones que no gozaban del favor oficial, y la imposición manu militari de candidaturas y listas electorales, fueron propiciando 

un estallido secuencial del espacio, a semejanza de un cristal roto. Una vez producida la derrota electoral, el siempre enfervorizado cristinismo adoptó la táctica de la inversión de la culpa, acusando sistemáticamente de traición a todos aquellos sectores del peronismo que cuestionaron el liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner, para rehuir, de ese modo, a cualquier ejercicio de autocrítica. 

En 2017 la caja de Pandora de la ex Presidenta reservó una nueva sorpresa: el ninguneo del PJ de la Provincia de Buenos Aires y la correlativa fundación de Unidad Ciudadana, prueba inapelable de que CFK no aceptaría ser sometida a la evaluación de la voluntad popular.  La situación se modificaba drásticamente en la Ciudad de Buenos Aires, donde quienes no aceptaban las PASO en la Provincia de Buenos Aires, confluyeron en un proceso de selección interna competitiva con la denominación de Unidad Porteña. Claro que el resultado allí estaba anticipado y los triunfadores no serían sino aquellos que habían emergido del favor presidencial durante el proceso concluido en 2015. Para los gobernadores díscolos, se diseñó una eficiente herramienta de castigo al componer pequeñas listas electorales que posibilitaron la derrota del PJ, arrebatándole un pequeño pero decisivo caudal de votos. De este modo,  tanto en 2015 como en 2017 la estrategia implementada desde el comando cristinista cumplió con las expectativas esperadas, esto es, la profundización de la fractura del panperonismo y una nueva y concluyente derrota electoral,  que garantizó que la ex Presidenta renovara su liderazgo, aún a pesar de la derrota ante Esteban Bullrich. Sólo algunas gobernadores peronistas consiguieron un resultado positivo, aunque con márgenes muy inferiores a los obtenidos tradicionalmente. 

Cuando el escenario político parecía comenzar a desmadejarse, un nuevo cambio sacudió el tablero. En efecto, quizá sobrevalorando el impacto de la victoria en las urnas, el Gobierno Nacional profundizó una serie de políticas económicas regresivas y aceleró la sanción en las Cámaras de la Ley de Reforma Previsional, iniciativas que le valieron una significativa caída en las encuestas –de la que no ha podido reponerse hasta el presente- y una explícita resistencia popular durante los debates parlamentarios.  Este súbito cambio permitió trocar la decepción de la derrota que experimentaban amplios sectores del panperonismo en la convicción de que ese descontento social podría ser canalizado rápidamente acelerando un proceso de unificación. Inmediatamente se presentaba como prueba irrefutable, que la sumatoria de los votos obtenidos por los diversos retazos del antiguo FPV habría garantizado la victoria electoral en 2017. Agudizando la unidad, el  2019 sería peronista.

Sin afán de desilusionar a nadie, recordemos que la  historia nos enseña sobradamente que el voluntarismo, la política y las matemáticas no siempre coinciden. Por ejemplo, sería necesario considerar que las tensiones y recelos, incrementados con el paso del tiempo, no desaparecerán por arte de magia. Las encuestas, asimismo, permiten dudar de que los votantes de cada una de las opciones sean consecuentes en su respaldo a una alianza común, habida cuenta de las resistencias cruzadas que provoca la profunda grieta existente al interior del antiguo FVP. Tampoco se evalúa el impacto de las profundas diferencias conceptuales y programáticas, que distancian al peronismo republicano de las tesis del conflicto tan elogiadas por Carl Schmitt o Ernesto Laclau, con su lógica amigo/enemigo.

La pretensión de reunir los trozos de ese cristal partido, despojadas de toda pretensión de analizar críticamente y corregir las cuestiones que llevaron a su estallido, no parece muy sólida. ¿Cómo sintetizar una mirada común sobre los años de la década k, prescindiendo de los indispensables debates y autocríticas? ¿Cómo establecer los compromisos y condiciones que posibiliten una reconciliación entre quienes desconfían de la disposición del otro al momento de respetarlos? Pero, hilando aún más fino, ¿basta con aspirar a una unidad que hasta ahora no ha ido más allá de algunas fotos y eventos compartidos entre actores, muchos de ellos desgastados en la mirada pública?  Las imágenes muestran una llamativa escasez de representantes de la rama femenina, de la juventud, del movimiento sindical y de las organizaciones sociales. Hasta ahora, las iniciativas a favor de la unidad han prescindido de toda referencia a la renovación de actores, de programas y de prácticas, a sabiendas de que este indispensable recambio demandaría el  recambio de muchos actores y agrupaciones poco dispuestos a aceptarlo, y que podrían poner en riesgo el mismo proceso de unidad.

Los interrogantes, hasta aquí, se imponen clara mente sobre las certezas. No aparece  un liderazgo capaz de articular la unión, en reemplazo del estilo fraccionador de CFK. Tampoco circulan programas ni propuestas convincentes para una actualización doctrinaria que todos reconocen como indispensable pero aun brilla por su ausencia.

Cruzando las fronteras de este proactivismo unificador, no son pocos los que recomiendan llevar adelante una tarea legislativa consensuada como paso previo a cualquier iniciativa de unidad. Primero los contenidos y el programa, después los nombres. Y, yendo aún más al extremo, no falta un segmento significativo del peronismo que, basándose en su propia experiencia, concluye en que la unidad será imposible mientras la ex Presidenta continúe desempeñando un papel protagónico dentro de la escena política. Por esa razón alientan avanzar en una alianza con Cambiemos, que parece demostrar cierta debilidad en lo referido a su experticia en el trabajo territorial o su manejo de las cuestiones sociales en aquellos lugares donde el peronismo está ausente en su seno. “Peronizar” el programa de  Cambiemos, profundizando su perfil social, se presenta a sus ojos como una alternativa mucho más viable que la opción de sintetizar en una nueva coalición política a quienes se consideran herederos de quienes se fueron y de quienes se quedaron en la histórica plaza del 1 de mayo de 1974. Y aunque no haya nada definitivo en los procesos políticos, avalan este razonamiento sobre su convicción de que el peronismo no podría sobrevivir a una nueva alianza política como la que lo condujo a transitar la actual situación de descomposición  y fractura.  El tiempo, ese maravilloso ordenador, tendrá la última palabra.  

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