¿Existe un consorcio ideal?

¿Existirá algún consorcio donde los vecinos vivan tranquilos y no haya problemas de convivencia?

¿Existirá algún consorcio donde el administrador sea realmente valorado y no odiado?

¿Existirá algún consorcio donde los propietarios bajen contentos a las reuniones y estos sean encuentros cordiales y participativos?

Estas y muchas otras preguntas vienen a mi mente día a día. Y, cuánto más conozco del tema, más me convenzo de que no existe un consorcio ideal.

Cuando uno se muda, elige un edificio que le guste, que sea accesible a sus posibilidades económicas, que cuente con los servicios que desea, escoge el barrio, el tipo de edificio, etc. Pero ¿qué sabe de sus futuros vecinos? Qué bueno sería poder tener esta información y ponderarla al momento de decidir.

En la mayoría de los consorcios, los problemas de convivencia son un clásico: los chusmeríos, la falta de solidaridad, la falta de empatía, la agresividad, la falta de comunicación, el enojo, etc. En general, las reuniones no son tranquilas y amenas, sino tensas y dificultosas. Existen muchas discusiones y a veces estas exceden el tema consorcial y trascienden a lo personal. Por todos estos motivos, la gente cada vez se involucra menos. Habitualmente, el administrador no es un personaje estimado y apreciado, sino todo lo contrario.

¿Por qué pasan estas cosas?

¿Es el consorcio el fiel reflejo de la sociedad actual?

¿Estamos perdiendo los seres humanos esa capacidad de ser pacientes, menos egoístas, más solidarios en pos del bien común?

¿Puede el administrador de consorcios hoy en día lidiar con este tipo de cuestiones?

El trabajo del administrador se está transformando cada vez más en un trabajo muy estresante. Cuando las cosas salen bien y su gestión es buena, en general su labor no es reconocida. Y cuando existe un problema –corresponda al consorcio o no–, por las dudas, el culpable es el administrador. Como en toda profesión, hay buenos y malos administradores, como hay buenos y malos vecinos y mejores edificios en términos de convivencia que otros.

Pero, más allá de todo esto, sería beneficioso que aquellos que vivimos en propiedad horizontal destináramos unos minutos a pensar y reflexionar acerca de las cosas que podríamos hacer para que el consorcio no se transforme en ese mundo intolerable. Seguramente la suma de la buena energía de todos haría del consorcio un mejor lugar para convivir.

Mariel Judith Kernes (autora del Libro Anécdotas de un administrador de consorcios Editorial Dunkén)

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