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Colegio Electoral vs Voto popular: ¿cómo interpretar los resultados electorales de Estados Unidos?


12 de octubre de 2020

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Dos especialistas explican el sistema electoral más complejo del mundo y avisan que en las próximas elecciones puede haber un escenario de "inversión", donde quien sume más votos no sea el próximo presidente.

Por Juan Pablo Ruiz Nicolini y Javier Cachés

Por el particular sistema electoral, en Estados Unidos un candidato puede ganar el voto popular pero perder la presidencia. Esta aparente distorsión del principio mayoritario -una regla básica de cualquier régimen democrático- ocurrió cinco veces a lo largo de la historia norteamericana. Dos de ellas, en los últimos 20 años. Y ambas en beneficio de aspirantes republicanos: George W. Bush en el 2000 y Donald Trump en 2016.

¿Cómo un candidato puede obtener menos votos que su rival y aún así acceder a la Casa Blanca? La respuesta está en el Colegio Electoral, una institución creada originalmente por los Padres Fundadores para establecer una intermediación entre las preferencias populares y el cargo político más importante del país. A pesar de sucesivos intentos de reforma, este arreglo constitucional sigue en pie. La victoria de Trump hace cuatro años pese a haber obtenido tres millones de votos menos que Hillary Clinton renovó la mirada crítica sobre el Colegio Electoral.

Desde Elizabeth Warren hasta Bernie Sanders, pasando por Kamala Harris -compañera de fórmula de Joe Biden-, distintas figuras del Partido Demócrata reclamaron su eliminación. Desde la otra orilla partidaria, Trump llegó a señalar que el órgano era “un desastre para la democracia”. Lo dijo en la noche de la elección presidencial del 2012, cuando los primeros sondeos indicaban que Mit Romney podía llegar a ganar el voto popular aunque perdería la mayoría en el Colegio Electoral. Al final se impuso Obama, pero el tweet de Trump cobró relevancia con el paso del tiempo.

La idea de que el Colegio Electoral es un problema para la representación democrática está, en definitiva, bastante extendida en el debate público. Al final de cuentas, el hecho de que un candidato saque más votos que su rival pero pierda la presidencia contraría el principio de que todos los votos valen lo mismo. Este escenario de “inversión del resultado” es inclusive muy probable en los próximos comicios presidenciales: de acuerdo al gurú electoral Nate Silver, si Biden gana la elección nacional por un margen de 1-2 puntos porcentuales tiene apenas ¡un 22% de probabilidades! de obtener la mayoría en el Colegio Electoral. Si la ventaja es de 2 a 3 puntos, sus chances de victoria aumentan al 46%. Si gana por 4 o 5 puntos, tiene 74% de probabilidades de ser presidente. La cancha parece estar inclinada contra los demócratas.

Incentivos

Contra la opinión mayoritaria, el argumento central de esta nota es que no hay que tomar al voto popular como una medida de quién hubiera ganado si no existiese el Colegio Electoral. La idea original le pertenece al politólogo Noam Lupu y en esta nota nos proponemos contrastarla con evidencia empírica. Las reglas electorales producen incentivos y restricciones que condicionan el comportamiento de los votantes. Así como un sistema de ballotage incrementa los incentivos para que en la primera vuelta los electores se inclinen por su primera preferencia, el sistema de elección indirecta combinado con la fórmula mayoritaria y el voto optativo, tal como ocurre en el caso de Estados Unidos, provoca que muchos ciudadanos de distintos estados tengan pocos motivos para votar el día de la elección.

¿Por qué? Nuestra hipótesis es que a mayor competitividad electoral del distrito, mayor es la participación electoral. En otras palabras, cuanto más disputado es un estado, más participación electoral hay. Y visceversa. En los estados no competitivos -es decir, en donde se sabe de antemano que ganará el candidato demócrata o republicano- el desincentivo es doble: los votantes del partido ganador tienen menos razones para ir a votar, y los votantes del partido perdedor, también. Si este mecanismo es correcto, las reglas de juego de las elecciones en Estados Unidos afectan el nivel de participación electoral y, por lo tanto, no pueden interpretarse como una expresión lineal del voto popular.

Clarifiquemos este punto. Los norteamericanos seleccionan a su presidente de manera indirecta. Cuando acuden a las urnas, los ciudadanos votan por representantes de su partido, llamados electores. Cada estado tiene un determinado número de votos electorales equivalente a su número de representantes en la Cámara Baja (definidos en proporción a su población) más dos electores adicionales en representación del Senado (lo que le da un sesgo de sobre-representación a los estados más chicos, por lo general dominados por republicanos). Para obtener la presidencia, los candidatos deben reunir una mayoría de por lo menos 270 electores del total de 538 que conforman el Colegio Electoral.

48 de los 50 estados, más el Distrito de Columbia (DC), seleccionan sus electores bajo la fórmula de mayoría: el que gana se lleva todo y los votos del perdedor no cuentan. No importa que el margen de victoria en un estado sea por un voto o por un millón. Este arreglo institucional es la clave de la incongruencia entre el voto popular y la mayoría en el Colegio Electoral.

En 2016, por ejemplo, Hillary ganó por casi 3.5 millones de votos California, y se llevó todos esos electores, pero perdió Pensilvania, Michigan y Wisconsin por menos de 80 mil votos sumados, y se quedó con las manos vacías en esos distritos clave y sin la presidencia.

Las campañas en Estados Unidos concentran su esfuerzo logístico, organizativo y propagandístico en los swing states, es decir, en los distritos más competitivos, allí donde el resultado es incierto. Los candidatos visitan y le hablan a los electores de esos estados, e ignoran territorios sólidamente demócratas (como Nueva York) o republicanos (como Wyoming), con independencia de su tamaño. Bajo estas reglas, entonces, es de esperar que la competitividad electoral de los distritos afecte la tasa de participación. 

¿Qué nos dicen los datos?

Estados Unidos es un país profundamente federal. Como en otras dimensiones de su vida pública, para entender cómo votan los norteamericanos hay que mirar qué pasa en cada uno de sus 51 estados. El siguiente cuadro muestra el nivel de participación en las elecciones presidenciales desde 1980 hasta 2016. La línea azul señala el promedio de participación nacional. Los puntos rojos, la tasa de participación del estado en cada año electoral. 

Del gráfico se desprende que hay una gran variabilidad en el nivel de participación tanto en la comparación entre estados como al interior de los distritos a lo largo de la serie temporal. En efecto, hay estados cuya participación electoral es consistentemente superior al promedio federal (Minnesota, Wisconsin, Iowa); distritos cuyo nivel de votación es consistentemente inferior a la media nacional (Texas, Hawai, Tennesse); y estados cuyo promedio de participación se incrementó (Colorado, Carolina del Norte) o decreció (Idaho)  a lo largo del tiempo.

Nuestro argumento central es que el nivel de participación observado en los estados guarda relación con el nivel de competitividad de los distritos. La primera variable está explicada, en alguna medida, por la segunda. Para echar luz sobre esta hipótesis, nos concentramos en tres elecciones recientes: 2000 (dada la posible similitud con 2020), 2012 y 2016. Para los tres casos, identificamos los diez estados con competencias más cerradas (es decir, con las menores distancias porcentuales entre el candidato demócrata y el republicano) y calculamos la distancia entre el promedio de participación electoral respecto del promedio de participación nacional. En los estados más competitivos, es decir, con carreras electorales más indeterminadas de antemano, ¿los norteamericanos acuden a votar más o menos que en el promedio federal?

La información confirma nuestra presunción: en los tres ciclos electorales, ocho de cada diez distritos registran niveles de participación electoral superiores al promedio de los estados. Aunque correlación no implica causalidad, hay elementos para pensar que la perspectiva de una contienda competitiva en un estado incentiva a los ciudadanos a ir a votar.

Se podría argumentar que la competitividad electoral así evaluada es una variable ex post: se sabe que un estado tuvo una carrera ajustada una vez que se conoce el resultado final. Por eso, incorporamos información sobre los pronósticos electorales. Las encuestas pueden fallar en su capacidad de predicción de un resultado, pero funcionan como indicador de la percepción que los votantes tienen sobre el grado de competitividad entre los candidatos en cada estado (configurando, así, una variable ex ante).

El gráfico de abajo muestra la participación electoral por estado para la elección presidencial de 2016 (puntos rojos), el promedio nacional (línea recta) y el promedio histórico de cada distrito (barras violetas) e incorpora el pronóstico previo a la elección de FiveThirtyEight, uno de los sitios más influyentes en materia de opinión pública en Estados Unidos. Los estados con un pronóstico menor a cinco puntos están a la izquierda; el resto, a la derecha. ¿Qué historia nos cuenta esta gráfica?

La información confirma la asociación estrecha entre competitividad y participación electoral. Donde se anticipó una carrera cerrada, el nivel de votación tendió a ser más alto que en el promedio nacional (ocho de once distritos) y mucho mayor que su promedio histórico. En cambio, allí donde la competencia pareció estar asegurada de antemano, la participación estuvo más cerca o por debajo del promedio nacional (la línea vertical) y de su propio promedio histórico.

Es importante remarcar que la competitividad no es la única variable que explica el nivel de participación electoral. Hay por lo menos otros cuatro factores que inciden en la probabilidad de los norteamericanos de salir a votar. El primero es la cultura política: hay estados con una fuerte tradición de activismo cívico en el Medio Oeste, como Minnesota, y en Nueva Inglaterra, como Vermont y New Hampshire, y otros en donde impera la apatía ciudadana, como Hawai.

El segundo es la legislación electoral: hay distritos que imponen fuertes restricciones al voto -sobre todo los republicanos del Sur del país-, y otros en donde la normativa es más laxa, como Oregon. El tercero es la demografía: los blancos votan más que el resto de los grupos raciales, y a mayor edad, educación y riqueza, más propensión a votar. La composición socio-demográfica de cada distrito puede afectar su nivel de votación. El último factor es la presencia de elecciones concurrentes: el día de la elección presidencial se votan múltiples cargos públicos (Representantes, senadores, legisladores estatales y otros cargos locales). Aunque la presidencia es el premio mayor, la competitividad en estas categorías puede generar incentivos para salir a votar.

Conclusiones

Estados Unidos tiene quizá el sistema más complejo y extraño del mundo para elegir presidente. Pensado como un órgano integrado por personajes ilustres, neutrales y con capacidad de discernimiento para seleccionar al titular del cargo político más relevante del país, el Colegio Electoral no cumple con ninguna de las funciones para las que fue creado por los Padres Fundadores. En pleno siglo XXI, la institución aparece como una rémora anacrónica y ajena a los valores más elementales de la democracia moderna.

Y sin embargo, la idea de que el Colegio Electoral distorsiona las preferencias del electorado nos parece desacertada. La interpretación sustantiva del “voto popular” es una manera errónea de leer los resultados. Si la elección presidencial en Estados Unidos se definiera por la suma de los votos a nivel nacional de manera directa y no por un órgano colegiado de forma indirecta en el que los estados asignan sus electores por la regla de “el que gana se lleva todo”, muy probablemente el resultado sería otro. Sin el cálculo de competitividad electoral por estado, habría otros incentivos en juego, otras estrategias de campaña y otros niveles de participación. En una elección directa, los votantes republicanos de California y los demócratas de Alabama, por ejemplo, tendrían más motivos para acudir a las urnas.

Las reglas electorales producen incentivos y los incentivos condicionan la estrategia de los candidatos y el comportamiento de los votantes. La combinación de Colegio Electoral, fórmula mayoritaria (el ganador se lleva todo) y voto no obligatorio hace que en algunos distritos haya mucha movilización electoral y en otros, muy poca. Aunque suene contradictorio, el hecho de que un candidato gane la mayoría de los votos pero no acceda a la Casa Blanca -como le pasó a Al Gore hace dos décadas, a Hillary Clinton hace cuatro años y le puede pasar ahora a Biden- no supone necesariamente una distorsión democrática. Si la elección del presidente norteamericano se resolviera por elección directa y voto popular -es decir, con otras reglas e incentivos- el voto popular habría sido diferente al que vimos en el 2000, en 2016 y al que veremos en noviembre.

DATOS Y CODIGOS UTILIZADO DISPONIBLE EN : https://github.com/TuQmano/popular_vote

Javier Cachés. Magister en Ciencia Política (UTDT). Docente de la carrera de Ciencia Política de la UBA.

Juan Pablo Ruiz Nicolini. Magister en Ciencia Política (UTDT) y docente de Ciencia de Datos del mismo programa 

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