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Condenados a la inteligencia


17 de julio de 2020

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Pablo Touzon

Politólogo

Llegó el Covid y mandó a acelerar. Se dijo y se repitió ya durante esta cuarentena hasta el aburrimiento: la crisis del coronavirus funcionó como un acelerador, un gigantesco fast forward de los procesos mundiales que ya venían cristalizándose en los últimos años, sobre todo con posterioridad a la crisis financiera del año 2008. El año que consagró a Barack Obama fue también el punto de partida de una nueva expansión china, política, económica y financiera en el escenario internacional. Su “Weltpolitik”, como llamaban los alemanes a la política de expansión mundial del Káiser Guillermo luego de la salida de Bismarck de la escena.

La física del poder es más o menos regular y nítida: donde China se expande, Estados Unidos se contrae. La década que siguió al 2008 implicó el ingreso definitivo de los chinos a la Premier League –acreedores de naciones desarrolladas y subdesarrolladas- el retorno del expansionismo ruso –con la anexión de Crimea, la influencia en la guerra civil siria, el financiamiento a la extrema derecha europea y, más recientemente, la participación directa y judicializada en el proceso electoral americano- y el fin ¿definitivo? de la unidad occidental cristalizada en el marco de alianzas de la postguerra mundial con Europa y Japón que se mantuvo incólume hasta, por lo menos, la Guerra de Irak en 2003.

El Estados Unidos de los últimos 12 años tomó nota de los costos internos y externos de la fallida War on Terror de la era Bush, que tuvo como corolario inmediato el desmembramiento de Irak, la expansión iraní sobre esas ruinas, el apogeo de ISIS y la guerra civil siria y el fin de ese Medio Oriente imaginado en los años ´90. El inmenso déficit de la guerra junto con la política de consumo para todes y contabilidad creativa que dio origen a la crisis de las subprime reveló todas las vulnerabilidades y límites de la hiperpotencia ganadora de la Guerra Fría. El capítulo americano del gran libro “Rise and Fall of the Great Powers” de Paul Kennedy. En ese marco, el repliegue americano fue la constante que unifica a las eras de Obama y de Trump, sea por la vía pacífica en el caso del demócrata (Paz con Cuba, Acuerdo con Irán, repliegue de Afganistán e Irak) o por la vía del aislacionismo político y financiero del republicano (el “No voy a pagar más por esto” universal). La idea estratégica consistía en dejar de diversificar la energía en gobernar el mundo y concentrar las fuerzas y el foco en la “contradicción principal”, la pelea por el título con la potencia que mejor supo aprovechar las reglas y economía del mundo post Guerra Fría diseñado por los mismos americanos: la República Popular China.

En Sudamérica esta década fue la del final del modelo de mega-crecimiento apalancado por el ascenso chino y el boom de commodities que trajo aparejado. Un financiamiento que permitió la aparición de los Estados fuertes y superavitarios del “giro a la izquierda” regional, los procesos de desendeudamiento y el FMIexit de varios países como la Argentina. La diversificación china y las propias complejidades y cuellos de botella de las economías locales pusieron fin a la “etapa fácil” del nuevo desarrollo latinoamericano, poniendo en crisis también a las “terceras etapas” de este modelo político: Rousseff, Maduro, Cristina, Bachelet. Al “giro a la izquierda” le sobrevino muchas veces un “giro a la derecha” que reveló también y rápidamente sus propios límites, internos y externos,  y de los cuales la crisis chilena y la derrota de Mauricio Macri fueron sus principales exponentes. Del liberalismo clásico a la derecha dura, una exasperación ideológica que es más bien hija de esa frustración de hegemonía. Una radicalización política que es fruto de esa impotencia. Y una polarización política que se presenta como el obstáculo principal a cualquier política sustentable de desarrollo.

 El peronismo en Argentina, que volvió al poder a caballo de su propia despolarización política, encuentra un mundo en pleno y abierto “conflicto hegemónico” en el podio y en plena descomposición en el vecindario. Los procesos de integración regional que, aun mutando considerablemente en sus formas y contenidos, se mantenían constantes desde el retorno de las democracias están en crisis abierta. Sin liderazgo regional ni la inercia que da la consolidación institucional, el tinglado sudamericano cruje bajo los efectos de un Covid que se ensañará particularmente con esta región, sobre todo desde el punto de vista económico y social. Una Argentina sola en una América Latina en donde la consigna es “gestiónate tu propia crisis”, y con los márgenes de maniobra muy restringidos por obra de la gestión anterior: el megaendeudamiento macrista cae exclusivamente bajo la órbita norteamericana. Juicios en Nueva York, fondos de Wall Street, FMI código postal en Washington DC. Todo el proceso de renegociación de la deuda, mientras dure, achica la gama de opciones estratégicas de la Argentina. Nos “norteamericaniza” en los hechos, a pesar de cualquier retórica. Macri lo hizo, en lo que será uno de los legados más perdurables de su gestión. Un viejo proverbio africano sostiene que “cuando dos elefantes se pelean, el que más sufre es el pasto”. O tres elefantes, podríamos agregar desde Argentina sumando a Brasil, país que a pesar de la interminable crisis política de sus élites -de la cual la presidencia Bolsonaro es más consecuencia que causa- seguirá siendo siempre para nosotros un factor ineludible. China, Estados Unidos y Brasil, el triángulo que está y estará en el fondo de todas las opciones argentinas y en cuya explotación sabia residirán los márgenes de cualquier política exterior independiente.

Contrario sensu a cierta vulgata histórica, el peronismo gubernamental supo siempre hacer de la buena interpretación del contexto mundial una –sino la- clave de su éxito. Los términos del intercambio y el mundo de aquella primera posguerra en el peronismo original, la adaptación al Consenso de Washington de la posguerra fría y la financiación de la recuperación económica de los 2000 a través del ascenso chino. Un realismo periférico que no dice su nombre. La notable excepción a la regla es la década del ’70, una cuya explicación reside tanto en el desequilibrio y la inestabilidad inherente de la coalición interna del mismo gobierno (dicho elegantemente), como en la ecuación imposible que implicaba tratar de ser un gobierno popular, democrático y reformista en la América Latina posterior a 1959.

Las tensiones de la anterior guerra fría desangraron a nuestra región, de lejos la que menos pudo sacar un provecho duradero de ese nuevo orden. Por este mismo motivo, el desencadenamiento de la puja chino-americana en el patio trasero puede ser, a priori, una novedad muy problemática. Se terminó la era de la política “automática” en este mundo en transición: cualquier alineamiento deberá ser pensado y ejecutado con altísimas dosis de sano pragmatismo y realismo. La primera política exterior del gobierno de Alberto estuvo centrada en dar las señales ideológicas internas y externas del tenor político del gobierno entrante, y tenía sentido. Una coalición tan variopinta pudo así definirse rápida y simbólicamente en sus mínimos denominadores comunes, y mostrarle al mundo “por donde iba la mano”: las visitas a Pedro Sánchez y Andrés Manuel López Obrador,  las fotos con Lula y el Pepe Mugica, la confrontación ideológica con Bolsonaro, las críticas a Maduro y, también, el viaje a Israel después del fallido Memorándum con Irán. Coronavirus mediante, esa etapa hoy parece hoy un recuerdo vago y sin embargo, en un mundo en tanta turbación, parece difícil la consecución de un hipotético “plan estratégico a 20 años”. En ese fino andarivel deberá transitar la Argentina con las antenas paradas y abiertas, en un planeta en donde se quemaron las bibliotecas y en donde los dogmas ideológicos anteriores no parecen ser de mayor utilidad. En un punto, es su única opción. Porque como sostiene un amigo, “si sos petiso, no te queda otra que ser inteligente”.  

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