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La crisis climática: una crisis de cómo nos tratamos el uno al otro


01 de diciembre de 2020

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Nicole Becker

Militante ambiental. Integrante de Jóvenes por el Clima Argentina.

La lucha climática es mucho más que una lucha por la disminución de gases de efecto invernadero. Está obligando al mundo a enfrentar todas sus fallas interrelacionadas: racismo, pobreza, desigualdad de género e hiperconsumo. Está exponiendo males que están profundamente arraigados en toda la estructura de nuestra sociedad. La juventud climática lucha por una nueva forma de hacer política y de relacionarse el uno con el otro.

Sabemos de la existencia de esta crisis desde hace más de 30 años, cuando a mi me quedaban, al menos, 10 años por nacer. Lo esperable sería que desde ese momento hasta ahora, se hayan tomado las medidas necesarias para frenarla, pero no. No solo eso, sino que en los últimos 30 años emitimos más gases contaminantes que en toda la historia de la humanidad. 

Sin embargo, simplemente hablar sobre el apocalipsis inminente que se viene no hará nada para cambiarlo. Necesitamos reinventar las relaciones humanas.  Esto ha estado sucediendo durante mucho tiempo, porque el cambio climático no es más que una crisis de nuestra relación con la naturaleza y en cómo nos relacionamos con el otro.

En 1992, a ocho años de que yo nazca, se firmó la Declaración sobre medio ambiente y desarrollo aprobada por la Asamblea General durante la Cumbre de Río de Janeiro. El principio 10 de esta declaración describe “El mejor modo de tratar las cuestiones ambientales es con la participación de todos los ciudadanos interesados, en el nivel que corresponda”. Basándose en este principio se crea el Acuerdo de Escazú que busca garantizar a la ciudadanía el acceso a la información, a la participación y a la justicia con un especial énfasis en los grupos que ya sufren en primera manos los impactos ambientales y en la juventud como sujeto político de esta lucha. Es el primer acuerdo regional que trata la temática ambiental desde la perspectiva de los Derechos Humanos, y lo que busca establecer estándares mínimos para los países de América Latina y el Caribe en materia de derechos de acceso.

El Acuerdo de Escazú surge de una necesidad y es una deuda que todos los gobiernos tienen con la juventud y los sectores históricamente más vulnerados. Durante mucho tiempo, las decisiones que impactaban en el ambiente y por ende a la población fueron decididas por un grupo muy pequeño de personas en pos de su propio beneficio a costa de todo el resto.  Esto tiene que cambiar y hay un pueblo que se lo demanda a la dirigencia. El Acuerdo de Escazú, a diferencia de otros en materia climática, no habla de grados, números,  transición energética o de deforestación, sino del cómo se tienen que resolver estas problemáticas, y propone un cambio de paradigma en cuanto a cómo abordamos los temas ambientales, procura establecer un nuevo tipo de democracia ambiental entendiendo que ninguna decisión puede desvincularse de los intereses de la población. 

Latinoamérica y el Caribe ocupan el primer lugar más peligroso para ser defensores ambientales según un reporte que hace Global Witness: solo en 2018 fueron asesinados más de 80 líderes socioambientales. Por eso, otro punto central del Acuerdo tiene que ver con la protección a defensores ambientales en toda la región. 

En Argentina, con 240 votos positivos, 4 negativos y 2 abstenciones, se logró la ratificación del Acuerdo el 25 de septiembre de este año con la militancia ambiental en los palcos de la Cámara de Diputados, convirtiéndose en el décimo en ratificarlo. Pero para que el Acuerdo entre en vigor, debían juntarse al menos 11, y México fue el país que le siguió unas semanas después.

El panorama en el resto de la región es diverso, pero muchos de los países que aún no ratifican se debe a que los partidos de derecha hicieron campañas de difamación con el argumento de que atenta contra la soberanía del país, este es el caso de Chile que lideró las negociaciones, pero ni siquiera firmó el Acuerdo, y de Perú.

La diferencia del acuerdo de Escazú con otros tratados internacionales es que fue y sigue siendo impulsado desde la población hacia las dirigencias y durante el proceso de negociación del Acuerdo la sociedad civil tuvo un rol central, y una voz real. Un papel no va a cambiar nuestra realidad. Está claro que no es una solución mágica, pero si nos lo apropiamos y lo usamos como herramienta para exigir por nuestros derechos puede ser un gran paso para crear un nuevo paradigma de democracia ambiental más inclusivo y justo.  La ratificación  es solo el primer paso, el puntapié para crear una forma de hacer política distinta. 

Argentina con su larga tradición en derechos humanos y por el peso que tiene en la Región tiene que liderar estos cambios para que un ambiente sano y los miles de derechos que derivan de él sigan siendo derechos y no meros privilegios.

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