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Nuevo desorden digital


16 de julio de 2020

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Juan Manuel Ottaviano

Abogado laboralista.

Los ganadores de la pandemia ocultan algunos secretos. Soluciones al problema de la sustentabilidad de los sistemas de protección social. ¿Por qué hacen todo pero las nombramos como si fueran nada? La economía de plataformas detrás del delivery y la economía detrás de la plataforma. En la era digital, la ciudad de Buenos Aires fracasa en su intento de modernizar las regulaciones.

Pandemia 4.0

Sólo en Estados Unidos, Amazon contrató a más de 100 mil trabajadores sin derechos luego de comenzadas las medidas de restricción por el COVID-19. En el mismo período, Rappi, Glovo y PedidosYa -junto al resto de las compañías como Delivery Hero- duplicaron y hasta triplicaron la cantidad de repartidores durante la pandemia. Mientras tanto, la destrucción de puestos de trabajo asalariados y formales supera los indicadores de la crisis de 2008. Si bien la Argentina logró moderar la caída del empleo (tiene un ritmo menor al experimentado en 2001 y 2008) aún no puede administrar la incalculable migración hacia empleos informales mediados por la digitalidad.     

La mayoría de los países que tomaron medidas para aplacar los efectos económicos de la pandemia recurrieron a la reducción o suspensión de las contribuciones patronales como forma de asistir a las empresas. En la Argentina, esta política se complementa con asignaciones directas para crear, complementar o reemplazar los ingresos caídos.

Los estados resignan recursos destinados a los sistemas de protección social al mismo tiempo que aumentan el gasto para extenderlos. Inevitablemente, emergen los debates sobre el financiamiento de la cobertura social. Entre los impuestos a la renta financiera, a las grandes riquezas o el impuesto tecnológico, las diversas resistencias a la formalización de los trabajadores de plataformas alejan la posibilidad de fortalecer los sistemas de aseguramiento social.   

¿Qué capacidad de resiliencia tendrán los sistemas de protección social si los estados no incorporan la agenda del reconocimiento de los trabajos de la era digital? La regulación del teletrabajo y el reconocimiento de la relación laboral que une a los repartidores con las empresas de plataformas tienen un aspecto en común: implican el reconocimiento de nuevos derechos como la desconexión digital, una forma de autogobierno de los tiempos de trabajo. La posibilidad de crear el derecho de los trabajadores y trabajadoras de interrumpir la prestación de las tareas sin sufrir sanciones se ha convertido en una disputa equivalente a la librada hace más de un siglo por los movimientos sindicales para lograr el límite horario, asentado para siempre en el primer convenio de la Organización Internacional del Trabajo. 

En el marco de la desregulación digital emergieron nuevos actores: las y los trabajadores primero, usuarios y pequeños comerciantes, después. Para empoderar a los perdedores de la pandemia hace falta echarle un vistazo a los ganadores y sobre todo, a sus ganancias. Tomamos el caso de las comúnmente denominadas “aplicaciones de delivery”. 

Winners

En un breve ejercicio de deconstrucción podemos desandar los secretos que oculta el concepto “aplicaciones de delivery” ¿Hay una aplicación o son varias? ¿No hay acaso una plataforma más que una aplicación? ¿No hay acaso una empresa administrando esa plataforma? ¿Qué servicios prestan estas empresas? ¿Sólo entregan comida? ¿Qué hay de las compras de supermercado, farmacia y ropa? ¿Quién le vende los productos al consumidor final? Bien harían en reflexionar sobre estas preguntas básicas quienes se avocan a idear regulaciones sobre relaciones entre empresas de plataformas, trabajadores, usuarios y pequeños comerciantes. Los winners de la pandemia no la tienen tan clara. Veamos.

Recientemente The Economist se preguntaba en un dossier sobre Amazon, cuya acción superó recientemente el valor histórico de 3 mil dólares, si la compañía podía seguir creciendo “como si fuera una startup” dependiente de capitales de riesgo. “Ya no es una vendedora de libros (…) la importancia de Amazon en la vida diaria se debe al rol crucial que ocupa en el comercio electrónico, la logística y servicios de internet”. Natalia Zuazo, autora del libro Las Guerras de Internet, apunta que “con la pandemia previendo la peor caída económica desde la segunda guerra mundial, los millonarios de Estados Unidos, en especial los relacionados a la tecnología incrementaron su patrimonio en un 20 por ciento desde marzo”. El primero de la lista no es el fundador de la red social Facebook ni el creador de Microsoft sino Jeff Bezos (Amazon). Más que un vendedor de libros.   

Existe un monitoreo permanente de cuáles son las aplicaciones de venta online más utilizadas por los consumidores. En Estados Unidos, Amazon lidera los puestos y está presente en el 80% de los teléfonos celulares. Muy lejos del gigante de Jeff Bezos, otras empresas todavía pueden ser calificadas como start up jóvenes. Es el caso de Doordash, la compañía de venta online de comidas rápidas que recientemente desplazó a Grabhub como la lideresa del sector, está en el puesto veinticuatro. Aun así, cuando de listarlas se trata, las consultoras que elaboran estas estadísticas no discriminan los conceptos. Todas estas empresas son agrupadas bajo el denominador común de “shopping apps”.

El Instituto Latinomaericano de Comercio Electrónico (eCommerce Institute) organiza anualmente un reconocimiento para personas y empresas destacadas por el “desarrollo y fortalecimiento de la economía digital.” El premio lleva el original nombre de eCommerce Award. En la última edición mexicana, el premio en la categoría “Mejor iniciativa mobile para eCommerce” fue para Rappi, una empresa de plataformas a la que comúnmente llamamos app de delivery.

En la edición Argentina, en la misma categoría el premio fue otorgado a Frávega, la nave insignia de la línea blanca argentina desde que Garbarino se declaró incompetente para mantener sus tiendas y amenazó con cerrar 200 locales si no lograba conseguir un buen comprador. 

Para estos ganadores, los conceptos de delivery, logística, retail, e-retail, ventas online, etc. se solapan confusamente. La literatura económica o de la administración de empresas aborda muy escasamente estos conceptos. Se trata de categorías propias de los modelos de negocios, difíciles de extrapolar a un nomenclador de actividades económicas, y por lo tanto, imposibles de utilizar para adoptar políticas impositivas progresivas e inteligentes.

Un buen ejemplo (de las confusiones) es la definición que utiliza la Cámara de Comercio Electrónico (CACE) para el concepto que la agrupa. Para la CACE -que con mucho esfuerzo dispuso un bello glosario para disipar nuestras dudas- el eCommerce es “el término general para referir al Comercio electrónico” o “también en específico una tienda online”. Al dirigirnos a la definición de e-retailer nos encontraremos con que se trata de “vendedores minoristas que cuentan con su propia tienda online”. Marketplace se define como “un sitio que permite a vendedores y compradores tomar contacto para efectuar transacciones comerciales” como Mercado Libre o Amazon. Rappi, Glovo y PedidosYa, en cambio, son definidas como una “last millers” u operadores logísticos. Mientras tanto, cada una de estas empresas cobra a los vendedores por el servicio de marketplace, pero se conciben además como retailers, que en la definición de la CACE significa “una empresa que vende directamente a consumidor final”. 

Entre los retailers y los servicios on demand, existe un punto sobre el cual no hay confusión: los consumidores digitales definen su compra evaluando el precio de los productos y las condiciones de la entrega a domicilio. El último eslabón de la cadena de comercialización y distribución es cada vez más relevante. El eslabón del que forman parte los trabajadores y trabajadoras más precarios. 

Perdedores

Al otro lado de la orilla digital están los comercios a la calle. FECOBA estimó que durante la pandemia habrían cerrado el 41% de los locales de las galerías comerciales de la ciudad de Buenos Aires mientras que la CAC detectó que se triplicaron los locales vacíos en el mismo período. Según el Ministerio de Trabajo, en abril de 2020 el sector comercio y servicios disminuyó en 136.599 la cantidad de trabajadores privados registrados respecto al mismo período del 2019. Aun así, la curva de descenso no es más pronunciada que la iniciada en 2018, cuando el comercio electrónico pegó el mayor salto, apuntalado por los black friday y promociones similares. 

Habiendo conocido las facilidades del encuentro a través de plataformas de videoconferencia, muchos se preguntan si los encuentros presenciales volverán a tener la misma asiduidad que antes de la pandemia. Los retailers de las tiendas offline también se preguntan lo mismo ¿Los consumidores volverán masivamente a los supermercados?

La plataforma Kamaleoon -desarrolladora de IA para grandes compañías británicas- buscó la respuesta en los propios consumidores. Las conclusiones son obviamente favorables al comercio electrónico. Detectaron un aumento inmediato en el uso de canales digitales después de que comenzó la pandemia, pero los cambios en los comportamientos de consumo continuaron en la misma dirección luego de levantarse la cuarentena.

Un informe de la propia Cámara Argentina de Comercio Electrónico titulado “Ecommerce en pandemia” describe la situación de los comercios a la calle como “apocalíptica”. En cambio, apuntan que el crecimiento del comercio electrónico en supermercados fue de más del 300% en las primeras semanas de la cuarentena. Sólo en 2019, habían relevado un crecimiento del 76% en las ventas por medios digitales. 

Nuevos actores

Desde que emergieron Rappi, Glovo y PedidosYa, la cuestión del trabajo en plataformas está bajo análisis. Apenas tres meses después de que Rappi comenzara sus operaciones en la Argentina, una huelga de repartidores dio inicio a un debate que hasta hoy no encuentra resultados alentadores. Las empresas de plataformas desconocen, aquí y en todas partes del mundo, la condición de empleados de los repartidores, choferes, shoppers, trabajadores de almacén. El último eslabón de la cadena no tiene rostro, pero es esencial.

Más allá de la mitología de la economía colaborativa aplicada al trabajo, el problema de la subclasificación del trabajo viene acompañado por la subclasificación de la actividad económica que estas empresas efectivamente realizan. En la caja que llevan los repartidores en sus espaldas hay algo más que un plato de comida. Es el último eslabón de un servicio complejo, dinámico, multidimensional, trasnacionalizado y muy escurridizo. La última milla que involucra el procesamiento de datos sobre las preferencias de consumo de los usuarios, la comercialización de productos y servicios de toda índole, la intermediación financiera, el servicio de marketplace y la logística.

Lo saben todos y cada uno de los comerciantes que firmaron alguna vez un contrato con Rappi, Glovo, PedidosYa o Uber Eats. El contrato dice con claridad: “Marketplace; Logística; Precio y porcentaje…” o alguna de sus variaciones conceptuales. Desde ese instante, cada comerciante sabe que seguirá facturando la venta de sus productos “como si” los estuviera vendiendo de manera directa, pero sólo podrá hacerlo a través de la plataforma. Al igual que el repartidor, firma un contrato “como si” fuera un socio, pero sabe que es más débil. Habrá ganado un gran comprador a cambio de venderle más barato.

El anteúltimo eslabón es más débil de lo que parece. Era cuestión de tiempo que los gobiernos provinciales comenzaran a interiorizarse sobre las vicisitudes de la expansión de la economía de plataformas en el comercio minorista. Durante la pandemia, los aumentos de las comisiones que las plataformas cobran a los pequeños comerciantes por venderle sus productos a los consumidores no se reflejaron en mejores ganancias para los repartidores, pero llamaron la atención de las áreas de gobierno que ponen sus ojos en el termómetro del consumo y la actividad económica local. Cuando los comercios estaban al rojo vivo las plataformas aumentaron la presión. ¿Bajará esa presión en la nueva normalidad? ¿Es posible regular las relaciones entre agentes privados antes de alcanzar un consenso sobre los roles y servicios que presta cada uno?

Durante la pandemia, la Dirección Nacional de Defensa del Consumidor imputó a las empresas de plataforma por incurrir en cláusulas abusivas en los términos y condiciones que firman ciegamente cada uno de los usuarios y usuarias del servicio. Por necesidad, aumentó considerablemente la demanda de comidas rápidas y compras de supermercado a través de las aplicaciones. ¿Qué tipo de consumidor recurre a este servicio? ¿Cuáles son los comportamientos, las expectativas y las experiencias de los consumidores? Debe existir un debate más profundo detrás de la pregunta moral ¿Está bien pedir por Rappi? Esteban Buitrago, repartidor de PedidosYa y miembro de la Asociación de Personal de Plataformas dijo que “con la pandemia la gente dio más propina”. La incorporación de nuevos usuarios puede haber despertado una problematización de las condiciones laborales a las que están sometidos los repartidores, pero también un protagonismo más conciente de los usuarios de estas plataformas respecto de sus propios derechos. 

Contravencional y de faltas

Lejos de estas complejidades la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires se avocó a tratar el tema de la economía de plataformas. Sin embargo, el proyecto impulsado y aprobado por el bloque de Juntos por el Cambio tiene el siguiente enfoque: las empresas de plataforma no son empresas, son aplicaciones. Las plataformas no prestan un servicio, intermedian en la oferta y la demanda. El servicio por el que intermedian no es la venta, distribución y reparto de productos varios, sino la entrega de comidas rápidas. Los repartidores no son trabajadores, sino microempresarios. Los repartidores no son sujeto de derechos, sino de sanciones. En suma, las plataformas serán habilitadas como “operadoras” tal y como si un restaurante fuera habilitado como un intermediario entre proveedores, cocineros, mozos y clientes.

Por el contrario, los repartidores tendrán que solicitar permiso ante el Gobierno de la Ciudad para poder trabajar. Incluso, el proyecto llega al extremo de crear una figura contravencional para el trabajador que no cuente con la habilitación. Al igual que con los trapitos, puesteros o vendedores ambulantes, los repartidores que trabajan para las empresas de plataformas, símbolos andantes de la precariedad del siglo XXI, ahora también podrán ser tratados como delincuentes cuando circulen sin un permiso especial. 

Lamentablemente, las regulaciones locales, al igual que las nuevas relaciones laborales, se conciben con los parámetros del siglo XIX. Buenos Aires es la primera ciudad latinoamericana en fracasar en el intento de crear regulaciones modernas, imaginativas y consensuadas. Nada se supo sobre la sustentabilidad de los sistemas de protección social, la gobernanza de internet, el comercio de datos, la precariedad laboral o las transiciones de los mercados físicos a los digitales. Una manera de aportar en el nuevo desorden digital.

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