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¿Qué hay de nuevo, viejo? Los círculos viciosos y las novedades de la política argentina


07 de octubre de 2020

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Gabriel Vommaro

Sociólogo y escritor. Profesor (IDAES/UNSAM) e Investigador de CONICET. Autor de “La larga marcha de Cambiemos”

El sociólogo, profesor universitario, investigador del CONICET y autor de “La larga marcha de Cambiemos”, entre otros libros, analiza los fenómenos de las fuerzas dominantes y cómo logran seguir siendo competitivos electoralmente a pesar de los contextos.

Cuando observamos la vida política argentina solemos enfocarnos en sus círculos viciosos, aquellas invariantes que nos enfrentan a los mismos dilemas y nos llevan casi siempre a los mismos callejones sin salida. Es que detrás de la intensidad con que vivimos las coyunturas problemáticas y hasta las buenas noticias suele haber un hilo invisible de (tranquilas) continuidades estructurales, basadas, entre otras cosas, en los problemas de nuestra economía y nuestro Estado, las imposibilidades del desarrollo económico sostenido y sostenible y los límites de la integración social. 

Sin embargo, la política argentina de las últimas décadas trajo algunas novedades que constituyen coordenadas clave para analizar su devenir y que podemos resumir en dos cuestiones. La primera, por primera vez en la historia moderna del país hay dos coaliciones político-electorales alineadas ideológicamente según el eje izquierda-derecha. Desde luego, se trata de coaliciones heterogéneas (hay un poco de derecha y de izquierda en cada una, como lo había históricamente en los partidos mayoritarios) y esas coordenadas se combinan con un clivaje anterior, que es el de peronismo-no peronismo, más que nunca expresado en la preferencia por lo nacional-popular (en algunas expresiones, puramente populista) versus la preferencia por una lectura liberal (por momentos, conservadora) del republicanismo.

Pero si uno definiera a las posiciones de izquierda, en trazos gruesos, por su defensa de políticas redistributivas (de igualación social) y a la derecha por una convicción de que la libertad (de mercado) es un bien superior, los dos bloques políticos que compiten por el poder en Argentina pueden identificarse con una y otra posición sin forzar demasiado la realidad.

Las causas de esto son múltiples, aunque las más visibles son dos: el surgimiento de un partido de centro-derecha competitivo y la reconstrucción del peronismo sobre la base de buena parte de las banderas del progresismo argentino. La existencia de estas dos coaliciones alineadas programáticamente en un eje ideológico claro permite a los votantes identificar propuestas asociadas a listas electorales y evita, en este sentido, las “sorpresas” asociadas con el voto a opciones programáticamente difusas, como ocurrió con el peronismo y el radicalismo a lo largo de su historia reciente, que tras la misma etiqueta partidaria cobijaron socialdemocracia y neoliberalismo con igual hospitalidad. 

La segunda novedad es que estas coaliciones son resistentes a derrotas electorales. Contra buena parte de los pronósticos, ni el kirchnerismo luego de dejar el poder en 2015, ni el macrismo tras la debacle de 2019, en un contexto de crisis económica severa, se debilitaron hasta desaparecer del mapa político o volverse actores marginales. Observadores especializados, profesionales del comentario y hasta dirigentes de larga data auguraron en 2016, más aún con los problemas judiciales de Cristina Fernández de Kirchner, que su fuerza iba rumbo a la insignificancia política. Jorge Asís, talentoso creador de ficciones políticas, llamaba a esa nueva criatura “un Frepasito con movimientos sociales”. En la actualidad, tras haber sido el primer presidente post reforma constitucional en perder su reelección, Macri conserva centralidad pública y la coalición Juntos por el Cambio se mantiene unida con la esperanza de seguir siendo una fuerza competitiva en el tiempo que viene.

La resiliencia de las coaliciones conspira contra la concepción refundacional de la política argentina: hasta ahora, cada presidente construyó sobre las cenizas de su predecesor, y terminó absorbiendo parte de sus apoyos o al menos cooptando a alguna facción de la otrora coalición oficialista. Por transversalidad o por derrumbe interno, los oficialismos derrotados dejaban de ser actores centrales de la competencia política. Macri fue el último presidente refundacional que creyó que su crecimiento condenaba a su predecesora al ostracismo. Esa previsión estuvo lejos de ser cumplida. Tampoco parece que ahora sea el momento de escribir un réquiem para el PRO.

Ambas novedades están relacionadas. Las coaliciones políticas tienen durabilidad porque encontraron electorados a los que representar con una oferta programática. A la inversa, dos núcleos electorales sociológicamente diferenciados –clases populares, de un lado; clases medias-altas, del otro)- tienen ahora una expresión política a la que le son relativamente fieles. Por supuesto que estas dos coaliciones y esos dos electorados sociológicamente diferenciados no agotan la geografía electoral argentina. Hay opciones políticas que buscan conquistar el centro, electores fluctuantes y, además, realidades subnacionales bien heterogéneas y no siempre coincidentes con los clivajes nacionales; también hay posiciones que tironean desde los extremos, aunque con poco peso por el momento. Pero lo relevante es que las dos grandes opciones nacionales movilizan porciones muy significativas del electorado y, a la vez, organizan las coordenadas del debate político y de la competencia electoral nacionales. 

Estas dos nuevas realidades tienen también sus claroscuros. El alineamiento programático vino de la mano de una creciente polarización política con bases afectivas, que creó visiones maniqueas y simplificadas de los campos en conflicto: cada grupo refuerza su cohesión en virtud de una percepción exagerada de las diferencias con el otro, lo que perfila identidades por oposición. En esas condiciones, los problemas endémicos de la sociedad argentina a los que nos referimos al principio parecen más difíciles de resolver. Por otro lado, la estabilidad de las coaliciones es aún precaria. Tanto la complejidad de la política subnacional a la que aludimos –por ejemplo, la opción creciente de partidos dominantes en provincias de autonomizarse de la política nacional y crear identidades localistas–, como el hecho de que la cooperación entre los miembros de esos grandes espacios se basa en reglas precarias de funcionamiento, no asegura que sean resistentes a disidencias internas y en especial a postergaciones de ambiciones personales en pos de la supervivencia del espacio.

En definitiva, tras una superficie de enorme inestabilidad e intensas percepciones de abismo permanente, la política argentina se construye sobre estos dos fenómenos. Ignorarlos hace difícil pensar los procesos políticos actuales. Al mismo tiempo, su ambigüedad nos obliga a estar atentos a evoluciones inciertas y finales abiertos.  
 

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