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Un tour para leer sin bajarse de la bicicleta


30 de noviembre de 2021

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Nos subimos a una bicicleteada literaria por la ciudad de Buenos Aires y descubrimos el encanto de los libros -y de la Ciudad- vistos desde las dos ruedas.

Por Celeste Cuesta

Diarios de bicicleta, del músico David Byrne (Talking Heads) es una bitácora de sus paseos en bicicleta por el mundo. Esos relatos incluyen su visita a Buenos Aires, pero más allá de eso, Byrne dice que recorrer las ciudades en bicicleta siempre entrega un punto de vista único, muy alejado del recorrerlas en auto, moto, e incluso a pie. El vínculo entre literatura y bici tiene antecedentes. La lista de titulo es larga pero acá van algunos. El ciclista de Tim Krabbé, Una dura carrera de Paul Kimmage. Un clásico español es Mi querida bicicleta de Miguel Delibes, el divertídisimo ¡Bici! ¡Toro!, de Édouard de Perrodil y la fascinante novela Las leyendas del Tour de Francia, de Jan Cleijne.

“Leer literatura ciclista es también pedalear”, sintetiza Matías Reck, fundador de la editorial Milena Caserola e ideólogo de la bicicleteada literaria, que cuenta con el apoyo del Ministerio de cultura y el de Transporte de la Ciudad en el marco del mes de la cultura independiente. Pedaleer tuvo dos jornadas durante noviembre y dada su convocatoria se esperan más para este verano. Allí estuvimos.  

Seres libres  

Reck nos espera en el punto de encuentro de la bicicleteada, el bar Varela Varelita, mítico reducto del barrio de Palermo, reserva nostálgica de una Buenos Aires de bares viejos que desaparecen en silencio. Con el sitio colmado comienza la presentación, que se ahoga entre el murmullo y los motores de las colectivos que pasan por la puerta del bar. Matías levanta su voz para que hacer un pedido: “Los que va a subir fotitos o algún registro a las redes les pido que usen #apedaleer para que quede para la posteridad. No es porque sea fanático de las redes sociales sino porque este proyecto surgió en pandemia ante la imposibilidad de salir y claramente hubo un aumento del uso de las comunicaciones”.  

Somos diez ciclistas ansiosos por salir, pese a que nos reciben con café y medialunas. Reck cuenta la historia de las editoriales independientes y algunas anécdotas sobre escritores. Luego invita a leer al grupo el poema Café, de Manuel Alemián, publicado en el libro La pasión del Varela (Carretilla roja). La voz no le da más y pide por alguien que tenga “buen caño” para reemplazarlo en la lectura. Mariano, un caballero alto y robusto que viste una réplica de la camiseta roja con la que debutó Diego Maradona en Argentinos Juniors —aquella con la publicidad de Austral en un costado del pecho—, levanta la mano orgulloso. Su novia, enfrente suyo, aprueba moviendo la cabeza y él se siente más cómodo con su venia. Mariano tiene voz grave, potente. Lee alto y bien: 
El café es un lugar que toma su nombre de una bebida, pero lo cierto es que se toman muchas otras cosas en los cafés. También se utiliza una inversión en los términos para descalificar: es una discusión de café, literatura de café. Es un género menor digamos.

Alrededor de la mesa todos escuchamos como esperando nuestro turno, si no fuera por los cascos flúo podríamos ser integrantes de un taller literario en el que cada asistente lee su producción personal. Cuando Mariano termina, Matías dice “ahora sí” y salimos apurados como si no tuviéramos qué comer y faltaran dos minutos para que cierre el supermercado.

El tour avanza por la avenida Scalabrini Ortíz hasta Nicaragua y damos la vuelta hasta tomar Costa Rica. Estacionamos los rodados en la puerta de la librería del Fondo de Cultura Económica, ubicado enfrente a la plaza Inmigrantes de Armenia.

Reck presenta el diseño brutalista de la librería como “un monstruo de tres pisos” y le da pie a Ezequiel, un joven que trabaja para la editorial que ofrece detalles de la creación de la editorial Fondo de Cultura Económica, que en rigor de verdad no publica tantos títulos de economía, sino más bien, en palabras de sus presentador, “material de corte cultural, con vocación americanista”. La editorial creada en México cuenta con filiales en nueve países.

Bastoneando de nuevo la expedición, Reck nos indica respetar los semáforos. Nos dirigimos a la ciclovía de la calle Gorriti, muy transitada y doblamos en Thames. Luego tomamos Loyola. Ya en Villa Crespo, cruzamos Juan B. Justo para encarar Darwin. Allí nos detenemos en el espacio cultural Para vos… Norma mía (Darwin 891), de la artista visual, poeta, gestora cultural y escritora Fernanda Laguna, emergente de la escena artística de los 90 y creadora del espacio Belleza y Felicidad  junto a la escritora y traductora Cecilia Pavón, marcó la escena cultural de Buenos Aires y en 2001 participó de la etapa fundacional de la editorial independiente Eloísa Cartonera. Sus obras fueron exhibidas en American Society de Nueva York y en el Lacma de Los Ángeles, entre otros espacios internacionales. 

La anfitriona es una chica muy simpática que nos recibe con poesías cortas -todas creaciones de Laguna-, manuscritas en cartulina recortada. Todos leen la suya menos yo, que me distraigo con un salón contiguo al que Laguna bautizó El universo, una especie de santuario colorido y abarrotado de objetos. Mi cartulina dice: Xuxa es hermosa. Su cabello es hermoso. Y su boca dice cosas hermosas. Yo creo en su corazón. Xuxa es hermosa.

Cuando el grupo se trasladó al sector El Universo, en el que sonaba cumbia, apareció de la calle Laguna, que contó de dónde sacó algunas de las cosas que decoraban ese sector. Habían pasado dos horas, el tiempo que Reck calcula para hacer todo el recorrido, y nos quedaba la última posta: la oficina de su editorial Milena Caserola en Gurruchaga 440. Apurados fuimos por Darwin hasta Corrientes y por su ciclovía llegamos a Gurruchaga, también en el barrio de Villa Crespo. Luego de invitar una gaseosa, Matías pidió que nos presentásemos. Cada uno a su turno lo hizo explicando el por qué de su presencia. Tras eso nos invitó a tomar un libro de un grupo de editoriales independientes y sorteó entre todos una biblioteca pequeña cargada de ejemplares. El que se lo ganó tuvo la complicada tarea de cargarla en su bicicleta hasta llegar a su casa.  
 

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